I
¿Dónde estoy? El corredor se hace más largo y el color naranja de las paredes me produce una jaqueca que poco a poco se vuelve insoportable. Solo veo puertas, y más puertas.
¿Por qué me pesan tanto los pies? casi no puedo ni levantarlos, los arrastro lentamente, quiero salir corriendo de aquí pero siento como si mi cuerpo fuera una gran roca aferrándose fuertemente al suelo sin ningún interés de vencer las leyes de la gravedad.
Los dedos de mis manos me duelen terriblemente, no creo que pueda dar mi recital de piano esta tarde en el teatro de la Opera de Montpellier.
Veo gente al final del pasillo, un gran salón repleto de personas sentadas en sillones y sillas de ruedas parece un cuadro estático donde lo único que se oye es la música horrenda de piano mal interpretado que ponen en los consultorios por todo el mundo. Un par de quejidos y repeticiones de palabras sin sentidos rompen ese esperpento artístico que suena en la radiola.
¿Qué voy a hacer? Jean debe estar por llegar a buscarme en mi apartamento en la Rue de l'Aiguillerie ¡y no voy a estar lista! Quedamos de vernos para ir juntos, como es costumbre, caminando hasta el teatro unas horas antes del recital.
El primer día que vi a Jean, me pareció un tipo pretencioso. Daba mi primer recital de piano en la catedral de Maguelonne. Yo era una joven pianista que empezaba a dar recitales por todo el sur de Francia. Marsella, mi ciudad, era una ciudad que crecía rápidamente gracias a la migración de personas del Magreb que llegaban por montones en los tiempos de la guerra de independencia de Argelia. Miles de familias llegaron para quedarse ya que en papeles, ellos eran franceses.
Aunque Marsella siendo el puerto más importante del sur de Francia se forjó gracias a la convivencia de gente de todas partes del mundo, en los años 50 y 60 la migración de argelinos y marroquíes fue en oleadas. La mano de obra barata que necesitaba Francia y la reubicación de familias hizo que mi amada Marsella se volviera un sitio de encuentro cultural que nos enriqueció mental y espiritualmente a unos pero empezó a crear una bomba de tiempo que cada día crece lentamente.
Fui de la primera generación de la liberación femenina, los años 60 en Francia nos dio a las mujeres la posibilidad de hacer lo que quisiéramos, salir de nuestras casas a comernos el mundo sin la necesidad de casarnos y criar hijos y obviamente, yo fui parte de eso.
Siempre tuve un alma libre, y el piano, el instrumento con el que mi alma volaba.
Al terminar mi recital en la catedral, Jean se acerco, -Jean Chautemps, redactor cultural del Midi Libre, nada mal lo que acabo de oír, aunque su manera de interpretar a Bach me pareció un poco débil. Claro así somos los franceses, nos cuesta entender al resto del mundo. Creemos que lo único que existe es el impresionismo francés e interpretamos Bach como si fuera Debussy, pero aun así, nada mal Madmoiselle Brouche-.
Arrogante, pretencioso, feo y prepotente. Sin embargo algo en su manera de hablar me atrajo inmediatamente, me propuso tomarnos un café. Quería saber más sobre mi con el fin de poder escribir un artículo para publicarlo en la siguiente edición del diario. Acepté sin pensarlo.
-Señorita, disculpe, tengo que volver a mi apartamento. Jean debe estar por llegar y no me va a encontrar. Tengo un recital en el teatro de la Opera en unas horas y no voy a estar lista. ¿Cómo hago para salir de aquí? ¿Podría indicarme el camino?-
-Vamos Lucille, es hora de su almuerzo, la acompaño hasta el comedor. María la está esperando para servirle su sopa. Es sopa de verduras, está deliciosa, como todo lo que hace Rachid-.
-Pero ¿y Jean?-
- No se preocupe, en seguida voy a buscarlo, está sentado en el salón viendo televisión.