Le tomó fuertemente la mano. Se dejó guiar sabiendo que tomaba la decisión de su vida. Él la llevaba en silencio recorriendo las pocas calles que separaban el hotel del muelle, convencido de que nunca más la soltaría. No dejaría otra vez que la distancia lo llenará de ansiedad y desespero. Era el momento, no sabían muy bien qué estaban haciendo. Mientras iban llegando sus cuerpos sentían miles de cosquilleos que atravesaban sus pensamientos sabiendo que lo que iban a hacer era la locura más grande de su existencia. Estaban decididos. Bajaron la escalera y se subieron lentamente en el bote que los llevaría sin saber a dónde ni por cuanto tiempo. Sentados se abrazaron, se hablaron con los ojos y poco a poco se fueron desvaneciendo en el horizonte mezclándose con el río que durante días soñaron, pensaron y dudaron pero que al final lo hicieron suyo.
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