Una vez vi como un grupo de jóvenes que de distintos países de Europa afectados por la separación de la guerra fría y después de la caída de Berlín se juntaban una vez al año a cantar a orillas de Mar Báltico convencidos de la necesidad de acercarse, unirse y recordar con el fin de no repetir lo que en el pasado los separó.
Una vez vi como una orquesta de jóvenes músicos israelíes y de países árabes de Oriente Próximo unían acordes del repertorio internacional con el fin de crear un entorno de convivencia y enriquecimiento intercultural.
También una vez vi un coro de niños y niñas malgaches en Tulear se unían con sus voces rompiendo barreras como el abandono escolar, el trabajo infantil en minas, la violencia de género y otra infinidad de riesgos a los que se enfrentaban por su condición vulnerable.
Conocí hace algunos años a niños y niñas de Tumaco y Quibdó en Colombia juntarse a través del currulao y la chirimía y buscar opciones distintas a los que estaban destinados por haber nacido en un contexto de violencia y desprotección.
También en Quibdó, una vez vi un grupo de jóvenes del barrio el reposo crear un grupo de baile vinculando a niños y niñas en riesgo de reclutamiento a que todas las tardes bailaran de manera viva y alegre en un espacio seguro de sana convivencia para crear lazos entre ellos y disminuir el riesgo de ser parte de un conflicto eterno que se ha llevado a números inimaginables de personas de su comunidad.
Vi una vez como un grupo de niños y niñas se juntaban a cantar en Mocoa en un ejercicio de recuperación emocional después de una tremenda avalancha que acabó con sus barrios, familias y amigos.
Vi cómo más de 250 iniciativas culturales y deportivas en toda Colombia lideradas por niños y niñas en municipios azotados por el conflicto armado se constituían como herramientas de reconciliación, resignificación de espacios, unidad y paz. Grupos de danza, equipos de fútbol, coros, grupos musicales, colectivos de arte, muralismo y pintura, llevaban esperanza y alegría a las personas que durante muchos años seguían viviendo en la violencia.
Una vez compartía con un grupo de niños y niñas con la condición de labio fisurado y paladar hendido cantar semanalmente y presentarse ante más de 300 personas rompiendo las barreras de la discriminación, el miedo y la inseguridad solo por el hecho de pertenecer a algo importante para ellos y ser aplaudidos cuando siempre habían tratado de ser invisibles evitando la burla y el bullying.
Una vez comprendí, que la cultura, el arte y el deporte, la consolidación de iniciativas colectivas, ser parte de algo, hace que los espacios de convivencia, que los proyectos de vida, que la transformación de sociedades sean una realidad en los individuos y sobre todo en los niños y en la niñas.
Estos ejemplos son una muy pequeña muestra de procesos que se están dando en el mundo, de algunos de ellos he sido parte y me ha dejado una enseñanza enorme para la vida, estoy agradecido por eso.
Soy un convencido que, en el ámbito escolar, si se le diera una mayor cabida a proyectos así, no estaríamos hablando de tantas crisis por el bulliyng, la salud mental, el acoso y el abuso porque las mal llamadas habilidades blandas son más fuertes de lo que parecen. Nos dan la capacidad de volvernos fuertes, valientes y tener herramientas para enfrentar la vida de una manera diferente. Estas habilidades transforman y generan lazos que no se pueden romper entre las personas. Los que han tenido la posibilidad de estar en coros, grupos, equipos deportivos, y colectivos saben a qué me refiero.
Abramos espacios para que el desarrollo de estas iniciativas tenga la importancia que se merecen con el fin de tener comunidades estudiantiles seguras, ámbitos comunitarios fortalecidos y hasta espacios laborales dónde la gente pueda desarrollar sus proyectos de vida con una salud mental sana y libre de riesgos
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